El palenque de Benkos: la Nación dentro de una nación

Por Hernán Lenes P. Álvarez

Hace menos de una semana, la boda de Josefa y Rodrigo detuvo el mundo. La ceremonia atravesó las calles del palenque de Benkos con asistentes vestidos con agbadas, sokotos y geles: trajes de colores vibrantes, con figuras geométricas y turbantes. Los novios reemplazaron el vals por bullerengue sentao, un ritmo originario de los cimarrones del Caribe colombiano, y con el canto de la Tambora Grande le recordaron al mundo la fuerza de su gente: el primer pueblo libre de América. Un grupo de personas esclavizadas que se escaparon, construyeron su propio sistema político, su propio idioma, su propia medicina, su propia música, su propia cosmología, y lo han mantenido funcionando durante tres siglos contra todo. Aunque la historia oficial suele encapsular este fenómeno en un solo lugar, la realidad es que el Caribe colombiano fue una red de repúblicas ocultas en el monte. San Basilio de Palenque es el sobreviviente de un archipiélago de libertad que incluyó a comunidades como San Miguel, Arenal y Matuderé. Es la joya de la corona de la resistencia cimarrona, reconocida por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, por ser un milagro de preservación cultural que el Estado colombiano apenas empezó a nombrar en el siglo XX. Palenque es África en Colombia: una herencia que se manifiesta en la estructura de sus clanes, en la reverencia a los ancestros y en una cosmovisión donde la comunidad prima sobre el individuo. En muchos sentidos, este territorio guarda más similitudes con las dinámicas sociales del continente africano que con la propia historia republicana de Colombia. Boda de Josefa y Rodrigo, en el Palenque de Benkos, Bolívar. Foto: Juan Londoño. (@juanlon.ph) Esta resistencia tiene un rostro y un origen claro: Benkos Biohó. El gran líder cimarrón no era una figura mítica nacida del azar, sino un monarca y guerrero de la región de Guinea-Bissau, perteneciente a la etnia Biafada. Su captura y traslado forzoso a Cartagena en 1596 no logró quebrar su linaje; por el contrario, sembró en el suelo bolivarense una semilla de soberanía africana. La herencia que constituye a Palenque proviene de una diáspora diversa donde convergen antepasados de las regiones del Congo, Angola y la Costa de Oro; y que se asentó a dos horas de Cartagena, la ciudad más visitada del país. A dos horas en carro, o 17 horas caminando, de Cartagena, el Arroyo Ají Molido bordea la entrada de San Basilio de Palenque. Del otro lado, casas en bareque con los patios abiertos, y el palenquero sonando en las calles: la única lengua criolla de base española en América. Es un código de resistencia que amalgama el léxico castellano con la sintaxis y el ritmo de las lenguas bantúes, una armadura fonética que menos de tres mil personas cargan viva dentro de la boca. Cruzar el Arroyo Ají Molido no es solo cruzar un límite geográfico, es entrar en otro régimen del tiempo. Boda de Josefa y Rodrigo en el Palenque de Benkos, Bolívar. Foto: Juan Londoño (@juanlon.ph) Darlem Salas lo cruzó desde niño. Es palenquero, investigador de saberes ancestrales de su pueblo, y hace parte del kuagro La Mala Hora. Cada kuagro tiene nombre propio: La Mala Hora, El Vendaval, Los Mochileros. El kuagro es la columna vertebral de esta nación. No es solo una agrupación social; es el sistema político que sostiene la vida colectiva. En La Mala Hora, una vez al mes sus integrantes se reúnen en la casa de alguno de ellos, cocinan, conversan, aportan al fondo común. En diciembre rompen la alcancía y se reparten en partes iguales. Los Kuagros también planean y organizan las bodas de sus miembros, como en la boda de Josefa y Rodrigo, quienes pertenecen al Kuagro Los Mochileros. Los Kuagros celebran las bodas alrededor de la unión. Cada miembro se hace responsable de algo del evento, y así acoplan el gasto y el peso para los novios. Además de organizar las bodas, los Kuagros acompañan a sus miembros hasta el final de sus días, aunque la muerte en Palenque tiene su propia arquitectura. Cuando alguien se va, las mujeres sabedoras llegan primero a rezar. Después vienen los tambores. Los Kuagros pagan los velorios, y dan inicio al Lumbalú: el ritual completo que Palenque construyó alrededor de la muerte. Esa última noche suena al leco, un lamento que rasga el aire, y al golpe profundo del tambor pechiche, que solo se toca para hablar con los ancestros. Se cantan versos en lengua que llaman al alma para que no se pierda, en una ceremonia para honrar al muerto y sostener a los vivos. No es una fiesta. Es una ceremonia para honrar al muerto y sostener a los vivos. ↗ Ver en www.youtube.com La medicina tiene esa misma raíz profunda. La sábila para la piel, la hierba limón, y otro montón de descubrimientos que guardan cerca a Benkos. Durante generaciones ese saber viajó de cuerpo en cuerpo. "Al morir el sabedor, moría el saber", dice Darleng. Por eso se sentó con médicos tradicionales a traducir un libro de plantas medicinales a lengua palenquera: un puente tendido entre lo que siempre se transmitió oralmente y las generaciones que ya no alcanzan a recibirlo de esa manera. Todos estos saberes, los palenqueros los amazan, los envuelen en melao y los entregan al mundo en presentación para llevar. Palenque es el único pueblo donde la Alegría se come. La mesa palenquera es un mapa de memoria que ha llevado el nombre del pueblo a los escenarios más altos del mundo, obteniendo el reconocimiento al mejor libro de cocina del mundo en los Gourmand World Cookbook Awards, y el verdadero motor económico y cultural, residente en sus mujeres y sus dulces típicos. La alegría, el enyucado, los caballitos y las cocadas no son solo manjares; son el sustento que ha educado a generaciones y el símbolo de una independencia financiera ganada a pulso de batea y pregón. Estos saberes, transmitidos de madres a hijas, son el hilo dulce que mantiene unida la economía del pueblo y la identidad de la diáspora palenquera. Resistir más de 300 años le ha valido al pueblo palenquero el trabajo de inventarse todo desde cero. Construir una Nación dentro de la Nación: un territorio que decidió ser libre un siglo antes que la República de Colombia y que, a diferencia de esta, nunca ha roto su pacto fundacional. La boda de Josefa y Rodrigo fue exactamente eso. Un acto de resistencia. Casarse como sus ancestros, con sus trajes y sus tambores y su lengua; manteniendo vivo lo que llevan casi cuatro siglos siendo, completamente y sin disculpas: un pedazo vivo de África latiendo en el corazón del Caribe colombiano.

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