Kombilesa Mi y lo que hizo Palenque con el rap
Por Yoiber Yesid
Entre nidos de coincidencias tejidos por un destino similar, el rap trajo, entre muchos otros grupos, a Kombilesa Mi. La agrupación palenquera no llegó solo a contar su realidad ni a hablar contra el sistema que relega sus luchas. Llegó a combatir el olvido, ofreciendo a través de la música un pregón de libertad para el primer pueblo que en América logró y sostuvo su libertad como comunidad, San Basilio de Palenque, y a proteger una lengua que resistía ante la extinción. En ese camino creó algo único en el espectro musical colombiano. Podría parecer que Kombilesa Mi es una consecuencia más de la expansión del rap fuera de las fronteras que le dieron origen: una expresión que encontró en el género una manera de decir lo propio desde un territorio distinto. Pero reducirlo a eso deja por fuera lo que hace particular su existencia. El rap pudo llegar a Palenque como parte de un fenómeno global, pero allí encontró una comunidad que ya buscaba formas propias de administrar su memoria y aquello que la hacía reconocible frente al mundo. Le puede interesar: ¿De qué viven los jóvenes artistas del Caribe? Es allí donde la gestión cultural emerge con un sentido innovador. No como una operación institucional que organiza, promociona o conserva manifestaciones artísticas, sino como la capacidad de una comunidad para decidir qué toma de aquello que llega, qué transforma y qué conserva como suyo. Agrupación musical palenquera, Kombilesa Mi. Foto: Cortesía Kombilesa Mi. En un momento en que la globalización hace circular las expresiones culturales a una velocidad que apenas permite distinguir dónde empieza una y termina otra, gestionarlas también puede significar evitar que una identidad termine convertida en pieza de museo o en representación ajena de sí misma. El rap fue primero de las plazas. Allí se gestó y tomó forma del valor que hoy permite a diversas generaciones implementarlo para desahogar su musa creativa, pero se conoció como otro fenómeno de masas instrumentalizado para intereses comerciales; así, entre gestores del cambio como KRS-ONE, Public Enemy, se tomó el espacio radial con los discursos que firmaron su identidad en las plazas de Nueva York, en los inviernos que vieron su crecimiento, como relata Anki Toker en su libro Hip Hop, de 1998. Y ya para los 90, cuando se realizaba un nuevo éxodo a lo comercial con melodías más accesibles a la noche y no a las esquinas, la calle ya no se podía sacar de él y ya la raza no lo significaba todo para su desarrollo, ahora le pertenecía a las comunidades más relegadas alrededor del mundo. Por ello en los 90 hay joyas de crítica estructural en rap, en portugués y español, en Brasil y en Colombia, porque desde el olvido y la segregación siempre hay algo que decir. “No te excuses como los demás diciendo que eres underground y que solo haces rap para raperos, ¡¡hum!! Qué conveniente, no eres exclusivo, eres excluyente. Si hubieran creado el hip hop con ese propósito no estaría regado por todos los continentes”, Arkeologo, en Hoy es tu día. La paradoja de lo global La expansión del rap parece confirmar esa sentencia. Su fuerza estuvo precisamente en que no permaneció encerrada en el lugar donde nació. Llegó a territorios donde otras comunidades encontraron en su lenguaje una posibilidad para hablar de sus propias circunstancias. Kombilesa Mi puede entenderse desde esa negociación. El grupo no asume el rap como una forma que deba ser reproducida bajo las mismas condiciones en las que fue concebida. Lo utiliza desde un lugar determinado, con una historia determinada y con una necesidad que no es únicamente artística. Si el rap alguna vez encontró en la calle una manera de hacerse escuchar, en el Palenque de Benkos encuentra una comunidad que lleva mucho más tiempo haciendo de la expresión cultural una forma de resistencia. En ese punto aparece una de las contradicciones más interesantes de la globalización cultural. El mismo proceso que puede diluir particularidades también puede proporcionar los canales para hacerlas visibles. “Nosotros tenemos claro, pero muy claro, que la globalización existe y la tecnología también, pero no podemos dejar de lado eh nuestra esencia, nuestras raíces, nuestra cultura”, Afroneto, fundador de Kombilesa Mi. Un género que nació en otro continente termina sirviendo para que una comunidad territorialmente diferente hable desde sus propios códigos. La circulación global, que tantas veces parece uniformar todo, puede terminar multiplicando las maneras de decir quiénes somos. Kombilesa Mi entiende que la música, como lo es, un arte capaz de crear comunidades, aunque en su caso preservarla, asumiendo una deuda que solo quienes frecuentan el entorno pueden costear. Preservar no significa conservar. Una cultura que únicamente pudiera sobrevivir repitiéndose estaría condenada a desaparecer cada vez que el mundo cambiara a su alrededor. La permanencia puede estar justamente en la capacidad de actualizarse: tomar nuevos sonidos, lenguajes, tecnologías y ponerlos al servicio de una identidad que no se abandona por el hecho de transformarse. Así, lo palenquero de Kombilesa Mi no estaría solamente en aquello que puede reconocerse a primera escucha como propio de San Basilio; está también en la decisión de no dejar que lo propio dependa de una única forma para existir; está en la posibilidad de llevar una identidad hacia otros espacios sin tener que desprenderse de ella en el camino. Porque una cosa es representar una cultura y otra muy distinta es gestionarla desde adentro. La primera puede convertirla en objeto: algo que se observa, se consume y se interpreta desde afuera. La segunda implica asumir la responsabilidad sobre aquello que se quiere mantener vivo. Y quizás ahí se encuentre la particularidad de Kombilesa Mi: no solamente habla de una identidad palenquera, sino que participa en la manera en que esa identidad continúa construyéndose. La lengua ocupa entonces un lugar fundamental, pero no como una reliquia que debe ser protegida únicamente por su antigüedad. Su presencia dentro de una expresión musical contemporánea demuestra que puede seguir siendo vehículo de creación. Que una lengua ancestral pueda convivir con una estructura nacida de una cultura urbana global no la vuelve menos palenquera. Al contrario, evidencia que todavía puede nombrar el presente. “Y por eso hoy existe el rap folclórico palenquero (RFP), porque este es precisamente la unión de lo tradicional con lo contemporáneo, musicalmente hablando”, Afroneto, fundador de Kombilesa Mi. Por eso Kombilesa Mi resulta difícil de separar de esa idea de gestión cultural. Hay una administración de la identidad que no pasa por vitrinearla, sino por permitirle relacionarse con el exterior sin perder la capacidad de reconocerse. Hay una toma de herramientas globales para ponerlas a funcionar desde una experiencia local. Y en esa operación se produce algo que no pertenece completamente ni al rap que llegó desde afuera ni a una idea estática de lo palenquero. Agrupación musical palenquera, Kombilesa Mi. Foto: Cortesía Kombilesa Mi. Quizás allí esté la verdadera paradoja: Kombilesa Mi es palenquero precisamente porque no se comporta como si Palenque tuviera que permanecer aislado para conservarse. Lo palenquero no desaparece cuando entra en diálogo con el mundo; se prueba en ese diálogo. Se mide en la capacidad de recibir influencias sin convertirse en una copia, de utilizar lenguajes ajenos sin dejar de hablar desde sí mismo. Muy a pesar de las transformaciones culturales, de la expansión de los mercados, de la circulación global de los géneros y de esa tendencia a convertir las identidades en productos reconocibles para el consumo, Kombilesa Mi permanece palenquero. Y quizá también gracias a todo eso. La posibilidad de llevar lo propio hacia afuera, de encontrar un lenguaje contemporáneo para hacerlo circular y de disputar desde allí las formas en que una comunidad es representada también es una manera de permanecer. Las raíces no importan por estar bajo tierra, sino por lo que permiten crecer sin dejar de alimentarlo.