Las mujeres detrás de la Catalina del Maestro Lombana

Por Hernán Lenes Pacheco Álvarez

Siete años antes de que Rossana naciera, su padre, Héctor Lombana Piñeres, descubrió un antídoto para el olvido. Era 1961 y el Festival Internacional de Cine de Cartagena, FICCI, tenía apenas un año de vida. Mientras caminaba por el Camellón de los Mártires con Víctor Nieto Núñez, dueño de Radio Miramar, Lombana escuchó la inquietud que no dejaba en paz a su amigo: el Festival necesitaba un símbolo, algo que se pudiera sostener en las manos. Su propio Óscar. "Bueno, un Óscar no, tiene que ser algo de aquí", precisó Lombana. La respuesta estaba donde siempre había estado: en la historia de la ciudad. En el escudo de armas de Cartagena, grabado en piedra en el Parque del Centenario, reposaba la silueta de una mujer indígena sentada. Averiguaron quién era. Era Catalina, una mujer que había cruzado océanos, traducido imperios y sobrevivido al relato de los vencedores con una dignidad que los siglos no lograron borrar. Lombana no la quería sentada. La quería de pie. En su taller, entre la calle La Mantilla y la Iglesia del Centro Histórico, el escultor pidió el primer boceto a Juan Orrillo, dibujante español y compañero suyo en la agencia de publicidad Sonar. Orrillo trazó una indígena erguida, con algo de ceremonia en la postura. Lombana la talló en madera y luego la modeló en barro, y fueron las mujeres de su casa quienes le dieron cuerpo.El maestro Héctor Lombana junto a su esposa, Tarsila Ochoa. // Foto: Cortesía familiar. Para el cuerpo de la estatuilla posó su esposa, Tarsila Ochoa de Lombana. Para la postura, esa elevación de quien se alza sobre la punta de los pies, posó Cristina, la hija mayor, a quien el padre ponía de puntillas en el taller mientras modelaba. Cristina tenía cuatro años y no sabía que estaba prestando sus piernas a la historia del cine colombiano. Lo que salió de ese proceso no era un retrato de Catalina sino una geometría de su memoria: sin rostro definido, llena de ángulos, abstracta. "La Catalina de mi papá está llena de ángulos, es abstracta, tipo Óscar", diría Rossana años después, cuando el tiempo le dio perspectiva. "Es una cosa geométrica, no una mujer." Era exactamente lo que se necesitaba: no un monumento, sino un galardón. Un pedazo de Cartagena que cupiera en las manos de quien ganara. Los bosquejos de barro cruzaron la Torre del Reloj hasta Getsemaní, donde los hermanos Acevedo (Eliceo, Guillermo y Walberto), amigos de Lombana, los fundieron en su taller de la calle Lomba. Las primeras Catalinas salieron en bronce, en seis cajas de tres: dieciocho figuras doradas que brillaron bajo los reflectores del Teatro Cartagena. Durante los primeros quince años del Festival, la ciudad entera se vistió de oro con ellas. Catalinas de papel maché, de tamaño natural, flanqueaban el Camellón rumbo a los teatros, y los pendones, los afiches y la ornamentación salían del taller de Lombana y de Sonar. Prmeros anuncios del Festival Internacional de Cine de Cartagena. // Foto: Cortesía FICCI-Archivo restaurado. Hoy, más de seis décadas después, el Festival que inventó a Catalina es el más antiguo de América Latina y sigue vistiendo las calles de Cartagena. Sus imágenes llegan a las islas, llenan auditorios y vacían calles enteras para llevar el cine del mundo a niños de los barrios de la ciudad. La labor de Nieto está hoy a cargo de Margarita Díaz, otra cartagenera a quien le gusta poner películas. La historia de Lombana y su Catalina es una de sus favoritas, aunque todavía no se filme. Así se cierra una cadena de mujeres: la que fue traductora y sobrevivió al relato de los vencedores, la que prestó el cuerpo, la que prestó las puntillas, la que guardó la memoria y la que hoy entrega el premio. Inmortalizándolas en la historia de Cartagena. Esta crónica parte de una nota del autor publicada en El Universal el 14 de abril de 2026. Esta versión fue reescrita y ampliada para La Enbajada.

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