Martín Alonso: el pueblo de Bolívar que aprendió a contar
Por Mailing Castro Harris
Cerca de las 12 de la noche, el silencio profundo que llenaba el espacio fue interrumpido por ladridos con una intensidad que nadie parecía cuestionar. Dormíamos sobre colchonetas tendidas en la mitad de la sala, una atención de Candelaria ante la falta de camas. La luz que entraba desde la calle me alcanzó para divisar la silueta de Nataly apoyada en su codo derecho, con los ojos puestos hacia la puerta de la casa. A través del cristal de la puerta principal, entre la oscuridad, apenas se dibujaba la silueta de un hombre alto que avanzaba con paso lento entre el pastizal y se perdía en él. —Descansen —dijo Nataly, sin apartar la mirada. Debe ser uno de esos hombres, no pasa nada. Todos volvimos a recostar la cabeza en el pedazo de colchón que nos tocaba. Nunca supimos quién fue. Esa fue nuestra primera noche en Martín Alonso. Mucho antes de conocerlo ya había escuchado hablar de aquel pueblo oculto en la espesura de los Montes de María. Se me había dicho, con una discreción asombrosa, que la guerra conocía bien esos caminos; sin embargo, no me alarmé. El viaje era seguro, decían. La gente nos cuidaba. Martín Alonso nos esperaba entre montañas y hectáreas de siembra de maíz. Llegar hasta allí implicaba varias horas de carretera desde Cartagena de Indias, desviándose en el camino por San Juan Nepomuceno hasta la cabecera municipal de Córdoba, en la cintura bolivarense. Ahí terminaba el pavimento, y la trocha, teñida de amarillo barroso por un sol inclemente, nos abrió paso al verdadero viaje. Martín Alonso, corregimiento de Córdoba, Bolívar. Foto: Nataly Dávila. — Ajá, pelaos, ¿van pa’l pueblo? — dijo Nataly a unos mototaxistas parqueados bajo uno de los palos de guásimo que bordean el camino, mientras se acomodaba las dos mochilas que la balanceaban de un lado a otro. Nataly estudiaba Comunicación en Cartagena, y había crecido en Martín Alonso. Aunque la guerra también atravesó su infancia, siempre regresaba. Fue ella quien me abrió las primeras trochas hacia el pueblo; los demás me las irían mostrando las historias. Levantando un polvorín que enrubiaba las pestañas, cuatro motos hacían camino entre la maleza seca de Los Montes de María. Íbamos abrigados hasta el cuello, con guantes y tapabocas, como si de frío se tratase, buscando atenuar las quemaduras del calor abrasador. Casi por instinto supe que habíamos llegado. Bajábamos la que luego conocería como La Loma del destierro, cuando el olor a tierra húmeda y a ganado, anunciaban el paisaje. Nos recibió Candelaria, la mamá de Nataly. Su casa quedaba cerca de la entrada del pueblo. Era de ladrillo, diferente a las de bahareque y madera que días después veríamos recorriendo el pueblo, pero mantenía las costumbres del monte con un patio de tierra que adoptaba el clima del día. Ahí permanecíamos la mayoría del tiempo ondeandonos en hamacas. Ese día por la tarde, cuando salimos a la terraza, Martín Alonso nos dio la bienvenida con un cálido atardecer. El sol se ocultó a la sombra de una pequeña montaña, mientras los niños, trepados con la habilidad que solo da la costumbre, jugaban hasta llegada de la luna. —Uno no puede estar por ahí en la noche, dijo Villita, hermano de Nataly. Todos quedamos en silencio porque no hizo falta una explicación. Las motos emprendían el camino de regreso con prisa, como temiendo que fuese muy tarde. Ya los niños no corrían y las calles llenas de arena empezaban a sentirse vacías. Supimos que era momento de entrar. Esa misma noche, cuando aquel hombre con alma de sombra se cruzó en el patio de la casa de Candelaria, empezaría a contarse la primera historia. La guerra había llegado a Martín Alonso a mediados de la década de 1990 para dejar un recuerdo profundo. Como ocurre en buena parte de los Montes de María, la geografía fue refugio, pero también acecho. Las montañas que habitaba la comunidad facilitaron el tránsito y el ocultamiento de los grupos armados. Aunque en 2016 el Acuerdo de Paz redujo la intensidad del conflicto, los habitantes hablan todavía de la presencia de disidencias y de otros actores armados que siguen transitando la región. La mañana siguiente, cuando la arena del patio conservaba el rocío de la noche, pregunté a Candelaria sobre el nombre particular de La Loma del Destierro. Ella tomaba un café cargado a sorbos. —Niña,- me dijo-, se llama así porque cuando empezaban los disparos corríamos hacia ahí. No me atreví a preguntar más. La segunda vez que ese nombre revolvió mi estómago, lo mencionó Yanelis, una niña del pueblo de doce años, que recordaba una leyenda que había aprendido de la voz de sus padres. Todos la conocían como La Bicicleta de Oro. —Mi mamá me contó que una misteriosa bicicleta vaga durante la noche sin que nadie la pedalee por la calle del pueblo. El ruido de la cadena se escucha a metros. La leyenda contaba la historia de Leucipio Vásquez, un viejo ganadero que se dirigía a sacrificar vacas cuando fue sorprendido por una misteriosa bicicleta de oro que descendía desde Loma del Destierro hasta el basurero. Justo cuando cantó el gallo, Leucipio le contó a su esposa Eidath lo sucedido. Ella, incrédula, decidió recorrer el mismo camino en la madrugada para retar a la noche y comprobar el relato. Yanelis la contaba como si la hubiera visto con sus propios ojos. Decía que el miedo fue tanto que le impidió a Eidath llegar a la Loma. Asustada, y con los pulmones en las manos regresó a su casa. Mientras, una vez más, el ganadero fue sorprendido en soledad por el rechinar del oro. Esta vez intentó detenerla, pero sus esfuerzos resultaron en vano. A la mañana siguiente despertó en su cama, sin saber cómo había llegado hasta allí. Tarde comprendí que esta no era una historia aislada. Durante años, la presencia de guerrillas en Martin Alonso obligó a niños, mujeres y campesinos a correr hacia la parte más alta del pueblo para refugiarse detrás de la montaña. Hoy, esa montaña toma el nombre de La Loma del Destierro. La gente sembró sobre la sangre derramada, vida y letras, construyendo historias que si querían contar y que los niños podían replicar. Eso sucedió con la Pesca Milagrosa del Chueco Carlos, el cuentero del pueblo. –Él nos contó el cuento de La Pesca Milagrosa. –Es cierto, mi mamá estuvo ahí. Eso es verdad, dijo uno de los niños que regresaba, junto a nosotros. Niños cruzando el pozo de Martín Alonso, Bolívar. Foto: Nataly Dávila. Los niños hablaban de una pesca milagrosa en el pozo del Viejo Reinaldo, cerca de los terrenos de la escuela. Según contaban, “el pescado estaba escaso” y Pedro Julio, un pescador que vivía del oficio, “no tenía qué comer”. Días antes, los pescadores habían tirado el trasmallo sin ver el aleteo de ningún pez. La esperanza, después de dos días, parecía perdida. Viendo la situación, Pedro Julio dobló rodillas, y ahí sus ojos alcanzaron el cielo. Le habló al oído a San Martín, patrono del pueblo. Prometió caminar la procesión con los pies descalzos, como manda religiosa, si el santo le cumplía el milagro de la pesca. Convencido, cambió el trasmallo por uno más grande y, de casa en casa, agrupó a quince pescadores para anunciar la abundancia. Una vez en el pozo, tiraron, atesaron y recogieron el trasmallo. El milagro había llegado. En minutos la gente hizo una cerca humana para la pesca. “El pozo está bendito”, se escuchaba. Días después verían a Pedro Julio cumpliendo su promesa descalzo, caminando la procesión por las calles de Martin Alonso. Pensaba en la antropóloga Eugenia Villa mientras la hamaca se mecía y Candelaria le echaba el último poquito de arroz a las gallinas. Volví a una de sus ideas en La Tradición oral, explicada en que la leyenda encuentra su fuerza en la realidad que las sostiene. En Martín Alonso, el cuento estaba vivo, se podía caminar y ver a través de él. Las historias del pueblo no solo se contaban, también reescribían un futuro con la lección del pasado: advirtiendo los peligros, los límites de la noche y la esperanza cobijada en la oración. El monte no contaba la historia que se le impuso a punta de rifle y miedo, contaban una que sí querían contar. Aquí la leyenda se mantuvo como discreta advertencia para proteger a quienes crecían escuchándolas. Los viejos se encargaron de eso. Al tercer día, Candelaria nos despidió. Nos sirvieron la comida en un plato de plástico estampado con flores amarillas. Nataly había cocinado el arroz de la cosecha, un pollo traído de la tienda del ganadero y una ensalada con las verduras de la huerta. Ese día las motos que habían guiado el camino hasta aquí, ahora esperaban para sacarnos. El sudor volvía a correr por el cuerpo. Los abrigos volvían a encajar en nuestros brazos y la trocha, ahora daría fin al viaje. Tomamos el mismo bus de regreso. El recorrido se sintió más corto. Prometimos volver.