Piedrahita, el jinete blanco de Fredonia

Por Susana Vásquez Figueroa

“Los primeros pobladores de este barrio fueron los cangrejos”, me contó Josefina Fory, posada en la terraza de su casa en la calle 4 de Fredonia. Ese fue mi primer encuentro con las historias de este barrio. Josefina, bamboleándose en una mecedora de madera, me recibió con la cordialidad de los pueblos, y medio pocillo de aromática de hierbabuena después, 60 años de cuentos, dignos de convertirse en un paseo macondiano, me atravesaron los oídos. Le puede interesar: La mañana que bombardearon Caño de Loro Hoy Fredonia es un barrio de 17 calles a orillas de la Ciénaga de la Virgen, en Cartagena. Josefina llegó en el 77. Tenía 11 años, y el barrio solo existía en un cartograma improvisado. Su papá, un comerciante antioqueño acostumbrado a no echar raíces, le venía pisando el rastro a una de sus hijas que se había establecido en Cartagena sin mantener contacto. La familia compró un terreno de ocho metros de ancho por veinticinco metros de largo, con un ranchito de madera, en dieciséis mil pesos colombianos. Primeros asentamientos humanos en Fredonia, Cartagena. // Foto: Cortesía Archivo Comité Cívico Fredonia Unida. Para esos soles el barrio se había asentado durante diez años con ‘la ley de los cuatro palitos': marcaban un pedazo del relleno de la ciénaga con cuatro tallos del mismo mangle mutilado y empezaban, poco a poco, sin más documentos que la voluntad, a levantar sus casas. “Llegamos familias de muchos lugares, maltratados por el sol y la lluvia, queriendo habitar este territorio, y luchando contra Piedrahita montado en su caballo blanco”. Piedrahita, el jinete blanco de Fredonia A inicios de los años 60 se corrió el rumor en la ciudad de que estaban regalando parcelas en la finca de Don Leandro Lacayo, cerca del sector La Magdalena del barrio Olaya Herrera. Las familias fundadoras, lideradas por Hernán Padilla, Gabriel Mercado y José Martinez, tal como lo registra la investigación “Estudio Social del Tugurio de Fredonia”, arribaron al alba del 16 de julio de 1964 con sus machetes y botas pantanosas, abriéndose camino entre el manglar, y con las plegarias elevadas a la Virgen del Carmen. Dicen los más viejos que estos primeros moradores entraron por lo que hoy es la calle 9. La pelea no fue fácil: lucharon contra el hambre, el cansancio y decenas de agentes de la policía. Fueron semanas en un calvario, pues cada vez que levantaban un rancho, un jinete a caballo blanco enfurecido aparecía para arrasar con todo a su paso. En las noches, un chapoteo rudo y sentido atravesaba el mangle y el barro sin hundirse. El relinchar del caballo silenciaban el suelo cenagoso, levantando agua con los cascos y desapareciendo, de pronto, entre la bruma de la mañana. El jinete blandía el machete sobre la cabeza de cualquiera que se encontrara. Hasta los cangrejos se escondían, y las ramas de los ranchos se perdían en el lodazal cuando Piedrahita arrojaba desde la montura baldes de agua a quienes intentaban invadir. El jinete parecía ser un pariente o un sucesor de Lacayo, quien era el supuesto dueño de los terrenos ocupados, y a su vez de una fábrica arrocera, con la que se había contribuido, año atrás, al relleno de ese gran cuerpo de agua utilizando afrecho de arroz y otras materias primas. Siga leyendo: Martín Alonso: el pueblo de Bolívar que aprendió a contar Pero la gente, aún con terror al jinete, resistió. El caserío fue creciendo, entre todos construyeron calles y puentes, y le dieron a Fredonia su primer nombre: ‘Chapundun’ una palabra que evocaba el sonido que hacían los pies al hundirse en los charcos y el suelo cenagoso. Empezaron a darle forma a un territorio que, pese a los intentos por expulsarlos, se empeñaban en convertir en su hogar. Con el tiempo empezaron a llegar nuevos pobladores de algunos corregimientos de Cartagena y distintos pueblos de la región: Santa Rosa, Tolú, Lorica, Santana, Paloalto, Arjona, Rocha, Puerto Rey, Las Piedras, entre otros, según manifiesta la misma comunidad. Eran, en su mayoría, vendedores informales, pescadores, empleadas domésticas, entre otros. Para Josefina, construir Fredonia fue una tarea compartida. Mé contó que mientras unos levantaban las casas y abrían caminos, otros ponían la olla al fuego para hacer sancochos comunitarios y compartir el alimento; los primeros pobladores fueron haciendo más que un barrio: fueron tejiendo una comunidad. El relato de aquellos primeros años fue documentado por el Colectivo Fredonia, en su trabajo artístico “Fredonia Haz Memoria: 1966 - 2007” del que Josefina y algunos de sus vecinos hicieron parte. “Tenemos sed, hambre, miedo, todos cooperamos; unidos buscamos solución a muchos problemas. Muchas manos más otras manos buscamos el alimento mientras el cielo nos cubre con nuestro sueño”, escribió Amparo Castillo, una de sus residentes. Primeros asentamientos humanos en Fredonia, Cartagena. // Foto: Cortesía Archivo Comité Cívico Fredonia Unida. Con otra de sus leyes se inventaron una escuela. “El colegio de la calle 7 se construyó con ‘la marcha del blo’, todos los acudientes de los estudiantes aportaban un bloque de cemento para terminar de construir la escuela que era de tablitas, y con luego con la ‘marcha del libro’ se dotó a la biblioteca” me dijo Josefina con tono de orgullo, mientras seguía hamaqueándose. Hoy, después de sesenta años de su fundación, la historia de Fredonia sigue siendo un relato de resistencia. Ya no hay hombres a caballo atravesando el barro que les persigan, pero sí, en cada invierno, aparece el agua intentando ganar el espacio que perdió. Se mete por las calles y se acumula entre los patios, recordándoles que alguna vez fueron soberanas del lugar. Son ahora los mismos habitantes quienes se organizan para evitar que el mangle siga cayendo con más ocupaciones; y resisten también quienes se ganan la vida con lo mínimo, como Josefina, con 39 años de servicio siendo madre comunitaria, o quienes encuentran en el arte y la cultura una manera de disputarles las calles a la violencia y quienes mantienen vivo el fervor de hacer del territorio un espacio digno para vivir. Llegué esa tarde buscando mitos o leyendas a casa de Josefina y me encontré con algo que quizá se le parece: un imaginario sobre el despojo que terminó convirtiendo a un hombre en un personaje mítico dentro de la memoria de todo un barrio. Piedrahita en su caballo blanco, termina siendo el rostro de una tensión mucho más antigua que el mismo: la de quién tiene derecho a llamar suyo un pedazo de tierra.

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