“Salvajes y Belicosos”

Por Katlyn Martínez Sánchez

Me mudé a España hace 4 años, y la frase que más he escuchado siendo colombiana inmigrante es: “Ustedes deberían estar agradecidos con nosotros.” A veces, esta frase cambia un poco la forma y los modos. Otras veces llega envuelta en una conversación amable sobre historia, cultura o turismo. Pero el fondo es siempre el mismo. “Si no hubiera sido por España, Colombia no tendría religión.” “Les llevamos la civilización.” “Antes vivían como salvajes.” “Les dimos la cultura de la que tanto se enorgullecen.” No siempre lo dicen con mala intención, muchas veces lo dicen con absoluta convicción. Como quien repite una verdad aprendida en el colegio y nunca cuestionada. Pero no se necesita intención para hacer, o decir, cosas malas; y la ignorancia es atrevida, diría Domingo Faustino Sarmiento. A los primeros comentarios les refutaba con paciencia y argumentos. Después, empecé a hacer preguntas. Porque había algo que no terminaba de encajar en esa historia. Si España nos dejó una huella religiosa tan profunda, ¿por qué aquí la religión parece ocupar un lugar tan pequeño en la vida cotidiana? Nací y crecí en la costa colombiana. Mis primeras clases fueron en aulas sin puertas ni ventanas. Faltaban ventiladores, a veces hasta pupitres, pero nunca un crucifijo. Antes de abrir los cuadernos, rezábamos un Dios te salve, María. La Santísima Virgen de la Candelaria custodiaba el salón desde la pared detrás del profesor, siempre de frente a nosotros. Era como si aquellos ojos nos acompañaran durante toda la clase, vigilando cada palabra, cada silencio, cada examen. Colombia es un país laico, constitucionalmente, pero según datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE, alrededor del 70% de la población se identifica como católica. Con eso, la religión, o particularmente el catolicismo, no se limita a las iglesias y la Semana Santa, la vives en la vida cotidiana. Está en las abuelas que se despiden con un “Dios la bendiga, mijita”. En las vecinas que no perdonan la misa de seis y llegan media hora antes para alcanzar los primeros puestos, como buscando estar más cerca de la bendición. Está en las novenas de navidad llenas de niños corriendo con maracas en las manos al ritmo de los gozos de Bertilda Samper Acosta, María Ignacia, una monja colombiana que nos regaló el “Ya la oveja arisca, ya el cordero manso”, mientras los adultos rezan con velas encendidas para pedir un milagro, porque las imágenes de santos en taxis, buses, oficinas, colegios, tiendas de barrio y salas de hospital no son suficientes. En España, por el contrario, me encontré con iglesias cerradas la mayor parte del tiempo, templos convertidos casi que en museos y generaciones enteras que apenas pisan una iglesia salvo para un matrimonio, un funeral o una visita turística. La religión, parece, se les convirtió en un producto, y no un acto de fe. Sin embargo, la excepción llega durante Semana Santa. Durante esos días todo cambia. Las calles se llenan de imágenes, procesiones y penitentes. España parece recordar de repente que fue uno de los grandes bastiones del catolicismo, y luego, con la última procesión, las imágenes vuelven a guardarse y las iglesias recuperan el silencio. Esa contradicción fue la que terminó llevándome a los archivos. Quería entender de dónde venía realmente esa religiosidad casi obsesiva que caracteriza a buena parte de Colombia, y por la que los españoles piden agradecimiento. La respuesta empezó a aparecer mucho antes de que existiera Cartagena de Indias. Antes de las murallas, antes de las iglesias, existía Kalamarí. Kalamarí era el nombre del territorio indígena sobre el que, en 1533, Pedro de Heredia, un “cazafortunas español”, como lo describe la BBC, fundó la ciudad de Cartagena de Indias. De acuerdo al Museo Naval del Caribe, mucho antes de la llegada de los españoles, la Bahía de Cartagena estaba habitada por comunidades de filiación caribe organizadas en cacicazgos que habían desarrollado complejas redes de comercio, navegación y agricultura adaptadas al ecosistema de manglares, ciénagas y costas del Caribe. José Javier González de la Paz, explica en un artículo publicado por Panorama Cultural, que las comunidades indígenas del Caribe rendían culto al Sol, la Luna, las estrellas, las piedras, los muertos y otras deidades ligadas a las fuerzas de la naturaleza, entre ellas el dios serpiente, a quien dedicaban rituales de protección para la comunidad. Y que además, en Kalamarí no existían los curas para guiar su espíritu, sino que existían los mohanes, quienes no solo eran líderes religiosos, sino que también ejercían como médicos, chamanes y guardianes del conocimiento espiritual. Sus ceremonias buscaban asegurar la protección del pueblo y el éxito en la guerra. Estas prácticas no imponían los frenos morales típicos del cristianismo, lo que los colonizadores malinterpretaron como "libertinaje". Por el contrario, la vida cotidiana giraba en torno a espacios sagrados como la maloka, que eran espacios comunitarios para los indígenas y recursos naturales como los jagüeyes o pozos de agua dulce, como registra el Museo Naval del Caribe. "Ilustración generada digitalmente en homenaje al estilo de grabado colonial del siglo XVI (Theodor de Bry). No corresponde a ningún documento de archivo existente." Se podría decir, entonces, que Kalamarí no era un territorio esperando que alguien le enseñara a rezar. Lo que ocurrió fue mucho más complejo. Como explica el historiador Jairo Álvarez Jiménez en el artículo Clero, pueblo y poder civil en el Caribe colombiano, la Corona española no solo emprendió la conquista militar del territorio: también buscó "extirpar sus idolatrías" para hacer reinar el Dios cristiano. Desde el siglo XVI se ordenó destruir ídolos, prohibir ceremonias indígenas y perseguir las manifestaciones religiosas consideradas paganas. Sin embargo, las comunidades encontraron formas de resistir. Los colonizadores se encontraron con una oposición, tanto física como espiritual, especialmente por parte de los caribes, catalogados en las crónicas como un pueblo "belicoso y salvaje" en comparación con otros grupos más pacíficos. Ocultaron sus rituales, los disfrazaron bajo prácticas aparentemente cristianas y dieron origen a un sincretismo religioso que permitió que muchas de sus creencias sobrevivieran, aunque transformadas. En las investigaciones de Álvarez Jiménez, se relata cómo el concepto de "ladinismo" o engaño permitió que los nativos mantuvieran sus ritos bajo fachadas cristianas; por ejemplo, celebraban la consagración de un nuevo jefe alegando que festejaban la construcción de una casa. Además, el sincretismo se vio favorecido por la construcción de iglesias sobre los mismos sitios sagrados donde los nativos habían adorado a sus dioses por generaciones, y la coincidencia de fiestas católicas con antiguos festivales indígenas. A medida que investigaba, más evidente resultaba una verdad innegable: muchos de aquellos rituales nunca desaparecieron por completo. Se escondieron en el monte, en las serranías, y a orillas de las ciénagas. Se mezclaron y transformaron. Aprendieron a sobrevivir bajo nuevos nombres, tal como en ese entonces. Muchas de las maneras de entender lo sagrado siguen dictando la vida de quienes nunca dejaron de habitar estos territorios. La UNESCO reconoció en 2022 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad el sistema de conocimiento ancestral de los pueblos arhuaco, kogui, kankuamo y wiwa de la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí, los mamos (los hombres) y las sagas (las mujeres) continúan transmitiendo una filosofía conocida como la Ley de Origen, según la cual la armonía entre las personas, los ríos, las montañas y los lugares sagrados sostiene el equilibrio del mundo. Los bautismos tradicionales, los matrimonios, los cantos, las danzas y las ofrendas no son ceremonias para recordar el pasado, sino que siguen siendo prácticas necesarias para mantener el orden espiritual y proteger el territorio. Esa misma relación entre espiritualidad y naturaleza aparece también en otros pueblos del Caribe. Para los zenúes, por ejemplo, el tejido de la caña flecha nunca ha sido únicamente una artesanía. Como explican Artesanías de Colombia y distintos trabajos sobre la cultura zenú, cada figura geométrica representa animales, ríos, caminos y formas de comprender el universo. Para ellos, tejer es conservar la memoria del territorio y transmitir una forma de entender el mundo mucho antes de que existieran las iglesias. Quizás por eso la religión en el Caribe colombiano nunca terminó pareciéndose del todo a la que llegó desde España. En estos territorios la fe sigue ocurriendo fuera de los templos: en una promesa que se paga caminando descalzo, en un santo al que se le reclama cuando no cumple un milagro, en una mochila tejida como representación del universo, en una novena donde conviven rezos, tambores y aguardiente. Porque, después de tantos siglos, lo que sobrevivió no fue únicamente una religión. Sobrevivió una manera de relacionarse con lo sagrado más allá de lo impuesto. Hoy los santos que España nos trajo son la cara de una fe que convive en el mismo territorio, con tomas de totumo para la tos, como regalo de la diosa Haba Kasumma (la Gran Madre universal de la Sierra Nevada de Santa Marta), escobas con el cabezal hacia el cielo para detener la lluvia, como petición a Iguá (deidad de la lluvia del pueblo Wayúu en La Guajira), O mambeando (la práctica ancestral de consumir mambe) para establecer conexión con los padres espirituales de la pureza para limpiar la mente, diagnosticar males espirituales y prevenir dolencias físicas. Entonces entendí que la historia no hablaba solo de lo que nos quitaron, sino también de todo lo que se negó a desaparecer. La próxima vez que alguien me diga que Colombia debería estar agradecida porque España le dio una religión, probablemente ya no responda con una discusión. Responderé con una historia: la de Kalamarí. La de los mohanes y los pueblos que rezaban antes de conocer una iglesia.

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