Vecina del Río Magdalena: la Casa Sagbini, en Calamar, Bolívar
Por Hernán Lenes P. Álvarez
Sonia Sagbini tiene 82 años y las manos manchadas de sol. Con ellas sostiene, sin saberlo del todo, un pedazo entero de Calamar, un pueblo de Bolívar situado a orillas del río Magdalena, y famoso por ser el punto donde nace el Canal del Dique. La casa donde hoy vive Sonia está a la orilla del río, a unas dos cuadras de la Iglesia de la Inmaculada Concepción. La fachada de la casa dobla hacia el Magdalena, inclinándose para verlo pasar. Arriba, en el remate curvo del frontón, todavía se lee el nombre: ANTONIO J. SAGBINI. Casa Antonio J. Sagbini, en Calamar, Bolívar. Foto: Archivo La Enbajada. Debajo de ese letrero, la fecha que resume casi todo lo que hay que saber de este pueblo: 1922. El año en que Calamar ya no era el campamento de obreros que abrió la boca del Canal del Dique, sino una pequeña capital del río, con luz eléctrica, fábrica de hielo y casas que competían en ornamento con las de Manga en Cartagena o El Prado en Barranquilla. Esa competencia se nota todavía en la piedra. Las molduras onduladas que recorren la cornisa, las pilastras estriadas, los frontones partidos sobre cada puerta. Es el historicismo de comienzos de siglo, esa costumbre de los maestros constructores de tomar prestado de Europa y del Caribe entero, lo italiano, lo antillano, lo árabe; y reinterpretarlo con materiales y manos locales. La casa de los Sagbini es uno de esos ejercicios, y se permite el lujo de firmar su fachada como un cuadro. Por dentro, el tiempo no ha sido un visitante amable. El revoque se ha ido cayendo en placas dejando ver las heridas abiertas de la humedad en el ladrillo crudo. Ese deterioro, lejos de empequeñecer la casa, la vuelve más elocuente: cada mancha en la pared cuenta cien años del Río subiendo desde afuera y el sol entrando por las mismas ventanas, que son, quizás, lo que mejor explica esta casa. No miran a la calle: miran al Magdalena. Son rejas labradas en madera oscura, coronadas por arcos de calado que parecen encajes de iglesia, y detrás de ellas se asoman comedores, mecedoras, un ramo de rosas rosadas sobre un mantel de flores. Casa Antonio J. Sagbini, en Calamar, Bolívar. Foto: Archivo La Enbajada. La casa entera está armada como una sucesión de umbrales: una puerta abre a un patio, el patio a otra puerta, esa puerta a un corredor de baldosas hidráulicas que terminan, siempre, en una hoja verde que da al río. Cuando Sonia nos dio paso a esta maquina del tiempo, avazamos de luz en luz hasta que el último marco: una puerta verde, descascarada por la sal del aire, que abre directamente sobre el muro de contención de nubes que se acumulan al otro lado del Magdalena como una pared blanca. Es ahí, en ese umbral final, donde Calamar deja de ser un pueblo del interior de Bolívar y se revela como lo que siempre fue: un puerto. La casa de los Sagbini se construyó mirando al Magdalena de frente porque del río venía todo: las mercancías, los viajeros que hacían trasbordo entre el ferrocarril y los barcos de vapor, el dinero de las navieras que tuvieron oficinas aquí cuando Cartagena, después de un siglo entero de letargo, por fin volvió a respirar gracias al tren que llegó hasta este puerto en 1894. Sonia no necesita que le cuenten esa historia: la habita. Es la tercera generación desde Antonio, un árabe que llegó a Calamar, y que construyó la casa en la Calle del Río, donde estaba su vivienda y un almacén de telas. Para Sonia la genealogía de la casa se mide menos en escrituras que en quién entra y quién sale de su puerta. Dice convecida que todos los pelaos son amigos de Alejandro, su sobrino, y con esa frase, dicha sin solemnidad, deja claro que la casa nunca cierra del todo. Como en los tiempos en los que, en la época dorada del pueblo, el salón que hoy sólo guarda dos camas, recibía con fiestas a los que esperaban el próximo champán o el próximo tren. Casa Antonio J. Sagbini, en Calamar, Bolívar. Foto: Archivo La Enbajada. En lo que hoy es una sala de estar, hay una mesa redonda cubierta con un mantel de flores azules, sillas plásticas blancas mezcladas con sillas antiguas de espaldar alto, un cuadro de frutas pintado a mano junto a un espejo con marco de hierro forjado que repite, multiplicada, la luz que entra por los ventanales. En sus salones conviven un siglo de cosas que descubren, tal vez, la verdad más honesta de esta casa: no es un museo. Es un lugar donde se sigue viviendo y tomando café en taburetes recostados sin ningún decoro en columnas de comienzos del siglo pasado. La historia la casa Sagbini se repite en todo Calamar hasta llegar al edificio de la Plaza de Mercado, pero no es algo notable desde la entrada al pueblo. Calamar perdió su ferrocarril en 1951, cuando el Gobierno Nacional decidió que ya no era rentable y levantó los rieles sin dejar nada que permitiera reconstruirlos. Perdió, con eso, su razón de ser como puerto interior del puerto de Cartagena. La carretera hacia Barranquilla ni siquiera entra al pueblo; apenas lo roza un puente alto sobre el Canal del Dique, y el viajero que pasa por ahí no tiene por qué saber que abajo, a la orilla del río, hay una casa de 1922 que todavía sostiene su nombre en la fachada. Después llegó otro despojo, más oscuro: la violencia paramilitar que en el año 2000 cayó sobre Calamar sin que, hasta ahora, exista una investigación que explique a fondo lo ocurrido. El pueblo conoció ese silencio largo de los lugares heridos. Pero las puertas están volviendo a abrirse. Eso es, al final, lo que defiende Sonia Sagbini sin proponérselo: la apertura. La casa que sostiene con sus manos no es una reliquia sellada para que el tiempo no la toque, sino una casa que insiste en abrirse al río que un día trajo a Calamar su breve siglo de oro y que hoy sigue corriendo allí, indiferente y necesario, justo al otro lado del último umbral de la casa Sagbini, desde 1922.