Viernes santo en Lorica: donde el Caribe se volvió árabe

Por Hernán Lenes P. Álvarez

Entramos a Lorica con el diablo suelto en las calles. Era Viernes santo, y los únicos andando por el Centro Histórico éramos nosotros, una familia de 4, y otro par de turistas que salieron de un pueblo vecino y andaban en moto. Todos los demás, los loriqueros y turquitos ensamblados, descansaban pies adentro en sus casas con rejas de hierro forjado, rematadas en cruces y rombos: un patrón hecho para dejar pasar el aire y cortar el sol de mediodía, el mismo principio de las celosías del Mediterráneo oriental, traducido aquí a herrería local. Hasta el Mercado Público cerró ese día; y los únicos en la Catedral de Lorica eran unos músicos en banda, que ni siquiera entraron, y tocaban los porros de la Súper Banda de Colomboy para alguna presentación del Sábado Santo. Me les acerqué a escuchar mejor la tanda de porros que ensayaban, y a conversar con ellos lo que se pudiera. Tres apretones de manos después me habían dado, de un soplo, un viaje de cinco horas a Puerto Colombia, en Barranquilla, donde un año atrás había leído todos los apellidos con los que se me presentaron. Ya 'El Flecha' de David Sánchez Juliao los había introducido unas décadas antes: "Y este es Eric Manzur, un turquito ensamblao en Colombia, porque es hijo de un árabe que se llama Ben-Jálamela-Mí, pero la mamá es loriquera". Con sólo bajar las ventanas del carro las brisas te roban las ropas. Te arrancan sombreros, gorras, gafas y te obligan a hacer media venia improvisada en honor al imponente Mar Caribe que se avecina, pintándote en el cuerpo lo que tengas puesto, hasta el camino a la baranda del muelle histórico. Ahí el agua no es azul, es verde oliva y espesa, cargada del sedimento que arrastra el Río Magdalena. Las garzas pliegan las alas y caen en picada, una detrás de otra, contra la superficie. Y muy lejos, casi en la línea del horizonte, una estructura pequeña y solitaria sobresale: los restos del muelle original, construido en 1888, que el mar fue fracturando en varios tramos con los años. Supongo que eso mismo fue lo que sintieron los primeros inmigrantes que atracaron, sin buscarlo, en el muelle de Puerto Colombia, en lo que entonces era el Bolívar Grande, por allá entre 1885 y 1905, cuando una nave cargada de sirios, libaneses y palestinos con rumbo a Brasil sufrió una avería en el motor. Antonio Dumett, un historiador loquiero de ascendencia palestina que reconstruyó la historia, contó que la reparación tomó lo suficiente como para que algunos de esos pasajeros bajaran a tierra, y lo que iba a ser una escala se convirtiera en destino, desviando hacia el interior del Caribe colombiano a los primeros de miles de inmigrantes levantinos que llegarían en las tres décadas siguientes. La migración árabe hacia Colombia había comenzado ya en la década de 1880, pero ese motor dañado ilustra cómo se pobló esa parte del país: un accidente geográfico. Puerto Colombia, inaugurado ese mismo año de 1888 como terminal marítimo de Barranquilla, fue durante más de treinta años el puerto más importante de Colombia. Por ahí entraron, según una investigación sobre la migración árabe a la Costa Norte colombiana entre 1880 y 1950 adelantada por la Universidad del Rosario, entre diez mil y treinta mil inmigrantes sirios y libaneses en ese medio siglo, en su mayoría cristianos que huían del control otomano sobre el Levante. Llegaban con papeles del imperio turco, y por eso el Caribe los bautizó a todos por igual: sirios, libaneses, palestinos con el mismo apodo: turcos. El muelle que recibió a los turcos ya no existe. Ahora se camina por el malecón hasta el muelle de concreto que reemplazó en 2022 al fragmento que todavía tocaba la orilla y que había sido demolido en 2019, según reconstruyó el diario El Tiempo en un reportaje sobre la historia de la obra. Bajo el agua, invisible desde donde yo estaba parado, un pedazo de madera hundida del muelle original saluda al espacio museográfico dedicado a esa inmigración, gestionado por la Fundación Puerto Colombia, con una pieza que permite consultar los apellidos árabes registrados a su paso por el puerto. Cualquiera con un Manzur, Sossa o Jattin en su familia podía confirmar si su ascendencia entró por ahí. Esos fueron los apellidos que le escuché a los músicos en la Catedral. Mercado Público de Lórica, Córdoba. Foto: La Enbajada. Dumett, quien es nieto de uno de esos turcos accidentados, afirma que a sus abuelos les ganó el hambre, y por eso se bajaron del barco. "Entonces, junto a otros paisanos, siguieron mar abajo y entraron a lo que ahora es el departamento de Córdoba por la desembocadura del río Sinú, que entonces era en Cispatá. Desde allí, llegaron a Lorica. Cuando arribaron aquí vieron el territorio próspero y pusieron un negocio de telas y una naviera”, reseña Dumett para la Radio Nacional de Colombia. Para 1914 todo el comercio de Lorica estaba dominado por los sirio-libaneses. “Lo más común en esta población era escuchar conversaciones en idioma árabe”. Los inmigrantes que llegaron al Caribe no eran ni médicos ni abogados ni industriales, pero sí tenían un entendimiento ancestral del comercio superior a la media de la población colombiana, como registra el Banco de la República en su Cuaderno de historia y economía empresarial No. 10. "Jorge Baladi cuenta con angustia, cómo al día siguiente de haber llegado a Cartagena procedente de Beirut y sin entender una palabra de español, se encontraba al frente de una tienda despachando a clientes que le preguntaban por artículos y precios en su “costeñol” característico: “La única preocupación mía de los primeros días fue apuntar los precios y aprender el nombre de los artículos; pasaba todo el día con una libreta apuntando el nombre del artículo en español y al lado en árabe o en francés”. Puerto Colombia y "Lorica Saudita" no son los únicos pueblos a los que llegaron turcos, pero la baja densidad poblacional en el Caribe concentró a la mayoría aquí. Pasaron de comerciantes a otras actividades, y se regaron por toda Colombia con la agricultura, ganadería, industria y política. Hoy, son precisamente los turcos ensamblados quienes gobiernan en estos departamentos del Caribe colombiano. En Barranquilla, Cartagena, Bolívar y Córdoba, apellidos como Chaljub, Bechara, Turbay y Padauí están revueltos en los linajes de los alcaldes y gobernadores. Y es tal vez esa misma maestría en negocios la que extendió por toda la región Caribe casas rematadas en calados mediterráneos, así como la gastronomía árabe; tanto que en cualquier restaurante o supermercado se pudo empezar a comprar quibbe, pan árabe, berenjena rellena, deditos de queso, envueltos de parra o arroz con almendras; y aún hoy, preciso en ese edificio de rojo y amarillo, se comercia esa cultura como yuca arinosa. Más de ciento treinta años después de aquel motor dañado frente al muelle donde yo estaba parado, la ruta que trazó ese accidente sigue siendo legible en las rejas caladas de Lorica, o en los quibbes del menú dell único negocio que encontramos abierto, en la esquina contigua al Mercado Público, y desde donde seguimos escuchando, hasta despedirnos, a los músicos y sus apellidos que uno hereda sin preguntarse todavía de dónde vino, aunque en ninguna parte del Caribe esto se siente como una historia ajena.

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